Asuntos Fotográficos

Hoy no tengo ganas de escribir.

Ya estamos en lo que venía después.

Así lo formuló el otro día mi amigo Carlos Holemans, hablando del modelo de negocio para las agencias de publicidad. Y yo rescato ese concepto, que veo muy acertado para cualquier ámbito al que se lo queramos aplicar. Y desde luego, la fotografía no se queda fuera. 

Cuando yo empecé a trabajar de fotógrafo, aún centrado sólo en la publi, aún usaba cámara de formato medio de película. Una magnífica Pentax 67 con mango de madera. Era una antigualla ya entonces, pero molaba todo y eso era suficiente. Aún la guardo y algunos saben de dónde la saqué.

Sin embargo, ninguna foto llegaba a su destino final sin haber sido escaneada y haber pasado por Photoshop aunque fuera un poquito. Eso singnifica que no necesitaba saber demasiado de positivado para hacer imágenes impactantes. También me podía permitir un cierto margen de flexibilidad y hasta de errores, porque sabía que siempre podía retocar la imagen y borrar la clásica pata de trípode que se te cuela, o unas ojeras difíciles de ocultar. Los fotógrafos más mayores, acostumbrados a la más absoluta perfección pre-disparo vieron cómo gente de mi generación hacían fotos como las suyas con menos exigencia y por lo tanto, más baratas. No creáis que les afectó sólo a los fotógrafos. Los maquilladores también vieron reducidos sus sueldos. A partir del Photoshop, el maquillaje podía ser regulero y por lo tanto no hacía falta gastar tanto. Lo mismo vale para las modelos, que vieron cómo gente más imperfecta y por lo tanto más barata, se colaba en las grandes campañas de la mano del mágico Photoshop. Los constructores de decorados también vieron devaluado su trabajo, al entrar en la competición gente menos competente, pero más rápida y por supuesto... más barata. Los retocadores pasaron de trabajar en grandes empresas con sueldo fijo, a convertirse en autónomos, trabajando en casa, sin más gastos que los domésticos normales, y en consecuencia... más baratos. Los fotógrafos empiezan a hacer sus propios retoques, por lo que el gremio de retocadores ahora tiene que competir con los que antes les proporcionaban trabajo. El retoque se convierte simplemente en un valor añadido, así que se cobra como extra, no como partida principal. Luego entran en escena los fotógrafos que ni siquiera han trabajado con cámaras mecánicas y a quienes no asusta disparar a 800 ISO, porque sus nuevas cámaras se lo permiten. Contra esos, en el ámbito del disparo directo, la competencia se hace feroz. De pronto miles de personas que nunca se hubieran atrevido con un fotómetro y carretes de 12 disparos, se autoproclaman fotógrafos, y no sin razón. En el ámbito del periodismo, lo mismo. Gracias a los vuelos low cost, viajar al ojo del huracán es cuestión de pocos euros. La posiblidad de transmitir fotos sin necesidad de aparatos vía satélite hace posible que haya freelances o simplemente espontáneos, en casi cualquier rincón del mundo. El único ámbito restringido, hoy por hoy, es el frente, y tampoco tanto. Lejos quedan los días en los que las fotos del día después de un gran terremoto las entregaba el corresponsal de área o el más rápido en subirse a un vuelo. Es más, los fotógrafos locales ya no son aprendices. Ya lo hacen igual de bien que los de fuera. Hoy, si no son fotos del hecho mismo, en el momento que ocurre, no valen casi nada. Así que ¿qué queda?. Queda la imagen de aquello a lo que sólo unos poquísimos llegan, como es el caso de los bravos fotógrafos que están operando en Siria. Queda la imagen técnicamente perfecta, el fotomontaje publicitario muy complejo y caro; queda el retrato a la gente inaccesible, la moda, que al fin y al cabo tiene 2 temporadas anuales. Qudan los proyectos largos que son casi como tésis doctorales. Quda, en realidad, como siempre, el trabajo duro. También hay sitio para el vídeo, porque la capacidad narrativa y la dimensión del montaje aún no es algo que esté al alcance de cualquiera. Pero no tardará demasiado en ser un conocimento de uso común. Le doy como mucho 10 años antes de que un becario cualquiera sea capaz de producir un video decente para su empresa. Por supuesto, lo mismo en el periodismo. No, perdón, en el periodismo mucho antes. Y no, no me olvido de la fotografía como objeto de Arte. también queda; Pero queda con la misma persistencia y volatilidad que cualquier otro bien que sea objeto de la especulación. Dura lo que dura. Hasta que se den varios casos como el de Eggleston y lo dinamiten por completo.

La de fotógrafo es una profesión que no tiene ningún tipo de barrera profesional. Cualquiera, literalmente cualquiera, puede ser fotógrafo si lo desea. No hay que estudiar, no hay que estar colegiado. Basta una cámara, una web con plantilla gratis y 30 fotos bien hechas. Nada que ver con los 10 años de medicina, los MBA, los doctorados, las licencias de piloto, o unas simples oposiciones. La fotografía es un trabajo de depredadores. Es en mar abierto y luchan sardinas contra tiburones, sin distinción de categorías. No hay un momento a partir del cual las cosas sean más fáciles. Es a brazo partido todos los días. La fotografía es ya casi como el verbo. Algo que se suelta y se lo lleva el viento. Es muy difícil sacarle rendimiento a una frase suelta, o a una foto de Instagram. Hay que hacer algo con toda esa materia prima para poder venderla.

En realidad siempre ha sido así, pero se ha acentuado mucho a raíz de la revolución digital que tan alegremente hemos abrazado, y que simplemente ha barrido los cimientos de nustra vida previa al año 2000. Y lo que queda. Cuando las impresoras 3D sean algo común y los sistemas de distribución de bienes queden obsoletos, y no sepamos que hacer con millones de contenedores y camiones, veremos qué pasa. Cuando por fin el ptróleo deje de ser un bien supremo, qué ocurrirá? Atentos, porque esa crisis sí que va a ser espectacular.

La nuestra, la de nuestros días, en realidad ya ha acabado. Ya estamos en lo que venía después. Esto es lo que iba a llegar.

Así que toca sacar la cabeza de entre los escombros y empezar a buscar raíces e insectos para comer. Nos iremos acostumbrando y quizás dentro de unos años, serán el plato favorito en el Celler de Can Roca.

Gastar fortunas en material de trabajo, soportar con firmeza la incertidumbre económica, la negociación permanente con el resto del mundo por no cumplir con sus esquemas básicos. Mantener el equilibrio familiar  y vivir a menudo disyuntivas irreversibles. La sensación real o no de que la veteranía es un handicap en lugar de un grado, el vértigo de tener que emprender proyectos nuevos sin cesar, la inoficialidad, el no reconocimiento de lo hecho, la angustia de la competitividad. La saturación de los demás y de uno mismo, el peso de la vida social real o virtual, el tener que vivir casi en clandestinidad parte del trabajo que hacemos para seguir haciendo la otra parte, que parece no interesarle más que a unos pocos. El ver cómo la fotografía, a fuerza de universalizarse se ha convertido en materia prima casi sin valor. 

¿Qué es lo que nos da fuerzas? ¿Qué es lo que nos impulsa a emprender y a continuar en esta atribulada profesión? ¿Qué es lo que nos motiva?

A algunos, el conseguir vivir lo más parecido a lo que en algún momento de su juventud soñó. A casi todos el placer del trabajo bien hecho, la satisfacción del deber cumplido, como decía mi padre, que decía a su vez su padre. En términos generales, la superación de algún reto. Al artista ni se le anima ni se le desanima. El artista, o funciona por su cuenta o no puede funcionar.

Hoy hablaban en un periodico de Vivian Maier, la niñera de Chicago que a lo largo de su vida disparó cerca de 100.000 fotos, muchas de las cuales nunca reveló, y que en cualquier caso, nunca enseñó a nadie. La calidad de sus imágenes no son objeto de debate para nadie. Son tan acertadas, tan perfectas en su cantenido y forma, que realmente no es casi posible poner en duda que se trata de un material a la altura de los grandes fotógrafos de su época. Vivian Meier, la niñera que nunca hablaba de fotografía con nadie, podría haber estado al nivel de Cartier Bresson en la Historia de la fotogrfía, y de hecho, empieza a estarlo. Y todo por un encuentro fortuito. Una de esas historias de personas que encuentran un tesoro en el mercadillo de la calle. Para el que no conozca su historia, merece la pena leer el artículo.

No será fácil averiguar cuál era la motivación de Vivian Maier, pero sí sabemos que tenía una gran motivación y muy pocas expectativas.

Porque la otra cara de la moneda son las expectativas, que son justo lo contrario de la motivación. En lugar de ser un motor que nos empuja, las expectativas de éxito y reconocimiento son lo que nos hace la vida imposible. Es lo que vemos al final del camino, lo que imaginamos que va a ocurrir. Las expectativas son eso que nos hace avanzar, pero fijando la vista lejos, de manera que tropezamos con cualquier obstáculo permenentemente, haciendo nuestro camino penoso y agotador. Confundimos motivación con expectativas y eso nos hace sufrir. Cuando trabajamos en función de tal o cual premio, en función de publicar un libro, de hacer una exposición, cuando trabajamos para conseguir atraer la atención de los demás, estamos trabajando por los motivos equivocados. Y todos lo hacemos. Y todos nos equivocamos.

Al final todo se reduce a que la gente nos salude en lugar de ser nosotros los que saludamos. Eso es todo. Eso es el reconocimiento, nada más. ¿Y el dinero? Claro, también es una motivación y una expectativa a la vez, pero es de sabidiría popular y es casi una verdad científica que quien hace un trbajo bien hecho, con inteligencia, con paciencia, con cariño por los detalles y sin hacer trampas, acaba encontrando el dinero. Quizás no un pelotazo, pero sí un modo de vida.

La motivación es el motor que nos impulsa, ese deseo irrefrenable de seguir trabajando a pesar de todo, esa misión más o menos reconocible que de alguna manera tenemos que cumplir. Aquello que nos permite ir de derrota en derrota sin perder el entusiasmo.

Sin embargo las expectativas son la zanahoria que otros nos ponen frente a los ojos, y que haríamos bien en dejar de mirar, para fijarnos en lo que realmente nos interesa.

La historia de Vivian Maier me ha hecho recordar este asunto, que llevaba tiempo rumiando y que quería compartir. Me siento mucho mejor cuando recuerdo mis motivaciones y reduzco mis expectativas. Os animo a que lo intentéis. Sienta muy bien.

Levanta tu iPhone, haz una foto en cualquier lugar, en cualquier momento y luego di: "Aquí ocurrió algo". Luego añade "terrorífico", "hermoso", "trascendente", "deplorable" o el adjetivo que te de la gana. Es muy probable que estés diciendo la verdad, porque teniendo en cuenta que la vida animal en la tierra tiene unos 650 millones de años, es muy posible que algo haya ocurrido en casi cualquier sitio en algún momento conocido o desconocido.

Con ese espíritu, el "espíritu de los lugares" salen a fotografiar los que practican este género de la fotografía contemporánea. Nada nuevo en realidad; fueron muchos los pintores que encontraron inspiración en el embrujo de las ruinas del mundo clásico y los restos espirituales de lo que en esos lugares ocurrió.

También lo vieron así los primeros fotógrafos de guerra, que ante la imposibilidad de fotografiar durante la acción, ya que sus cámaras eran enormes y necesitaban de largas exposiciones, fotografiaban los restos de las batallas. Por ejemplo, esta emblemática foto de Roger Fenton de la guerra de Crimea.

En esa misma estela están los trabajos de los ya muy contemporánoes Chris Jordan después del Katrina, o de Robert Polidori en Chernobil. En sus fotos se ven aún clarísimos los rastros de lo ocurrido, son trabajos documentales puros, en el sentido más estricto de la palabra. Son pruebas visuales, lo que hoy se llama con una cierta anglófona petulancia, "evidencias".

Lo que para unos son documentos que necesitaban de algún rastro de lo ocurrido para que resultasen creíbles, pueden ser para otros meras ausencias presentes, como el paradigmático trabajo de Joel Sternfeld, "On this site", en el que se catalogan una serie de lugares en los que se dieron acontecimientos violentos recientes o históricos.

En España es muy conocida la serie de Bleda y Rosa  "Campos de batalla", y no tanto la de Bart Michiels "The Course of History" , cuyo concepto es exactamente el mismo: lugares en los que ocurrieron algunas de las batallas más importantes de la Historia, y en los que no se ve ni el menor rastro de ellas. Una especie de recordatorio de la futilidad de las ambiciones humanas frente al paso del tiempo, que todo lo erosiona hasta el anonimato.

Cómo no, también Xabier Ribas y sus Invisible Strucutres 1 y 2 realizadas en Guatemala, donde se reflexiona desde 2 ópticas muy distintas acerca de la desaparición de civilizaciones e individuos.

También recuerdo el trabajo de Lorena Ros, Silent Witness, cuyas fotos de lugares iban emparejadas con los retratos de las personas que sufrieron agresiones en ellos.

Muy interesante es el trabajo de Thomas Joshua Cooper, quien lleva años fotografiando las fronteras del mundo. El meridiano 0, el Estrecho de Bering, el de Gibraltar... lugares que a simple vista no son nada, pero que tienen mucha relevancia en la geografía más básica.

Y así voy llegando a los dos autores de los que quería hablar en realidad, pero cuyos trabajos merecían una introducción y contextualización.

El primero, Eduardo Nave, cuyo trabajo "A la hora, en el lugar" es digno de algo más que una mención. En un país como el nuestro, en el que los ataques de amnesia colectiva se suceden día tras día, véngase de donde se venga, es muy pertinente recordar los lugares en los que ETA ha ido matando a gente a lo largo de los años. Eduardo ha viajado pacientemente a 80 sitios y ha esperado a la hora exacta en la que se cometieron los asesinatos, para enseñarnos la banalidad que puede enmarcar hechos tan aterradores como son las ejecuciones a sangre fría. La mayoría de los sitios son hoy iguales a como eran el día en que ocurrieron los hechos. Sé que no siempre ha sido fácil dar con los detalles, porque en los primeros años de ETA, los medios de comunicación aún no le daban demasiada importancia a estas muertes, como si se tratasen de ajustes de cuentas entre etarras y guardias civiles y por lo tanto asunto suyo.

"A la hora, en el lugar" es un libro no sólo interesante dentro del género "Aquí ocurrió algo". Seguramente es un libro necesario y cuyo público no debería limitarse a la parroquia de los fotógrafos que compran libros de otros fotógrafos. Lo publica la editorial PHREE y se presenta el próximo 23 de Abril en las instalaciones de NOPHOTO, el muy prolífico colectivo fotográfico al que Eduardo pertenece. Será en la calle Conde de Vistahermosa 3, Local A de Madrid, a las 19:00 horas.

Y para terminar, presento a Fernado Maselli y sus "Hierofanías", que es como se llama uno de sus proyectos más interesantes y que podría convertirse en un trabajo infinito, si se descuida. "Hierofanías" es como el filósofo rumano Mircea Eliade llamaba a la toma de conciencia de lo sagrado en lugares naturales como un río, una montaña o un bosque. Lugares que al convertirse en sagrados dejan de ser lo que son, sin cambiar un ápice su aspecto físico. Neto neto, se trata de fotografiar paisajes sagrados. Pero paisajes antiguos, primigenios. Lugares que en ocasiones llevan siendo sagrados más de 5.000 años. Como el bosque de Garajonay en Canarias, que es uno de los últimos bosques primarios que quedan en el mundo. Eso quiere decir que nunca ha sido talado.

También está Balaitús, que es un monte pirenáico con leyenda de monte maldito y de malos sentimientos. 

A mí me impresiona. Y no sólo me impresionan las fotos, que sí que reflejan lo que dicen querer reflejar. Me impresiona también la tenacidad con la que Fernando afronta este proyecto, que le ha llevado a aprender a escalar en alta montaña, a la que acude con su furgoneta-casa y de la que a veces regresa sin foto, porque no ha encontrado el punto de vista adecuado. Sus imágenes de gran formato y excepcional calidad técnica se convierten en iconografías que estremecen por lo que encierran de arcano y medular. Fernando inaugura expo el próximo 25 de Abril en la Galería Pilar Cubillo. Expone todo menos "Hierofanías", que se lo guarda para otra ocasión especial, que no tardará en llegar.

 

 

 

Hace pocas semanas saltó a las portadas el caso del coleccionista que denunció a William Eggleston, uno de los mayores maestros de la fotografía contemporánea, por estafa. Por lo visto su fundación, que dirigen sus hijos, decidió hacer uan nueva tirada de algunas de las fotos que llevaban años sin ser copiadas. La Fundación Eggleston necesita dinero para la construcción de un museo, así que junto a Christie's planificaron la nueva tirada.

El coleccionista dice que lleva gastados millones de dólares en obra de Eggleston, que ahora se verá devaluada por la introducción de nuevas copias en el mercado. En esta entrevista queda claro su punto de vista. Según él, Eggleston se ha beneficiado de su apoyo y patrocinio, pero ahora le traiciona al sacar al mercado más copias de algo que se creía agotado. Eggleston y los suyos argumentan que las copias actuales son de un tamaño distinto a las antiguas y que están impresas con un método distinto. Técnicamente tiene razón, y de hecho la ley de momento se ha inclidado del lado del artista.

Por si alguien no sabe de qué estamos hablando, aclaro que estamos hablando de copias que cuestan más de medio millón de dólares. Una foto por el precio de un ático de 150 m2 en Madrid.

Así que los artistas se han puesto contentos, porque la ley está de su lado. Pero creo que no lo han pensado bien, porque este incidente crea un precedente de consecuencias imprevisibles. ¿Cómo va a reaccionar el mercado de la fotografía? Ese mercado artificial, basado en promesas de exclusividad, en certificados de autenticidad expedidos por empresarios privados, cuya palabra vale lo que valga su cuenta corriente. Los potenciales coleccionistas podrían empezar a poner en duda la fiabilidad de sus proveedores, y si se quiebra la confianza, todo se cae como un castillo de naipes, ya que todo estaba basado en su palabra y no en la verdadera escasez del producto.

Porque si Eggleston se la ha jugado por construir un museo, ¿quién no se la jugaría por pagarle la carrera en Harvard a sus hijos? ¿Y por reconstruir una casa incendiada? Cuando lo único que le impide a un artista o a un galerista -o a los dos- sacar al mercado más y más copias, es su palabra, estamos frente a algo muy fragil, ¿no?. La palabra del ser humano es tan voluble... 

Ponéos en situación: tus obras se venden por 30.000€, pero hace 6 meses que no vendes nada.  Durante los años de bonanza te subiste a un tren de vida que hoy por hoy te resulta demasiado caro mantener. Y digamos que hasta ahí aguantas. No cedes a la tentación de darle a Control/Print para sacarte unas decenas de miles de euros. Confías en que vendrán tiempos mejores y mantienes tu reputación. Pero de pronto... catástrofe: tu hijo se pone enfermo. Necesitas mucho dinero para tratamientos y para estar a su lado. Necesitas un montón de dinero que no tienes, pero que está a un simple click de tu cuenta corriente. Si lo haces, estás defraudando a tus coleccionistas, pero si no lo haces, estás cometiendo una locura respecto a tu hijo. El ser humano, cuando está sometido a cierto tipo de presiones, empieza a perder capas de integridad y acaba por desintegrarse. Y no hablemos de los herederos del ser humano, ¿no?

Ya he hablado de esto en alguna ocasión. El mercado de la fotografía artística funciona con la lógica de la escasez, como si se tratara de pintura renacentista, cuando es por naturaleza, indefinidamente abundante. Es un mercado sofisticado, absolutamente artificial, y por lo tanto en algún momento estallará por los aires. ¿Imposible? Decídselo a los que pensaban que la burbuja inmobiliaria nunca estallaría porque era "demasiado grande para romperse". Un mercado que se sostiene sólo en la medida que millonarios rusos majaderos compiten a ver quién se gasta la mayor cantidad de dinero en la obra más insustancial, no puede durar demasiado. Un mercado que depende de la buena fe de galeristas y artistas es un mercado condenado a la explosión por simple estadística. 

El perfil del coleccionista de eggleston también es significativo: un broker de Goldman Sachs de 42 años. Todo un amante del arte.

El episodio de Eggleston podría ser el primer aviso de lo que puede ocurrir si empieza a cundir el pánico. Yo soy fan de Eggleston y su poética; soy favorable a un mercado de la fotografía sano y productivo, pero cuando hablamos de cientos de miles o de millones de euros por un papelito con el sello de una tienda de fotos, empiezo a reconocer el olor a gas butano y me preparo para la explosión.

Pero no me hagáis caso: en este documental se explica perfectamente por qué Eggleston es quien es y vale lo que vale.

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Esto me preguntaba yo hace algunos años. Pasados los 30, que es cuando uno empieza a perfilar su camino profesional de manera más firme, cuando ya has dado algún bandazo y empiezas a ver que sí, que el tiempo pasa y que no hay vaquero roto ni gafapasta que lo frene; pasados los 30, que es cuando las parejas tienden a hacerse más sólidas y empiezan a tener conversaciones antaño tabú, acerca de irse a vivir juntos, tener proyectos comunes, e inevitablemente la endiablada cuestión de los hijos. Esa conversación que todos escondemos debajo de la piel del plátano hasta que se ha hecho tan grande que ya no hay manera de ocultarla. Ese abrumador momento en el que toca definirse: "cariño, queremos tener un hijo, ¿sí o no?"

Pero, pero pero... yo soy un fotógrafo!, estoy destinado a vivir aventuras, a viajar sin billete de vuelta, yo no puedo cargar con tanto peso, yo no puedo ser el soporte de nadie, porque no tengo raíces. Yo tengo que vivir la vida sin restricciones, sin rendirle cuentas a nadie, y sin ponerle freno a la acumulación de experiencias. ¿Cómo puedo ser un fotógrafo pleno si no puedo arriesgar mi vida por una imagen? ¿Cómo puedo llegar a lo más alto si tengo que pagar facturas de actividades extraescolares?, ¿Cómo voy a penetrar en el alma humana si no estoy abierto a los amores fugaces, juegos prohibidos y la adrenalina de la noche?. Yo quería ser fotógrafo para flotar sobre este mundo, no para caminar afanosamente con peso en la espalda. Yo viajo ligero, no facturo equipaje y no necesito reservas de hotel. Yo duermo donde toque y siempre estoy disponible. Mi dirección postal es el enchufe donde esté recargando mi móvil. No me puedo permitir una vida de familia porque eso me hará engordar, me hará sedentario y adicto a la ropa planchada. Mi creatividad morirá y me convertiré en un funcionario de la fotografía.

Todo esto pensaba mientras me limitaba a sobrevivir de la fotografía publicitaria, sin más aventuras ni adrenalina que la de la noche malsana. Y poco a poco, no sin algunas dificultades, fui afianzando la relación con quien hoy es la madre de mi hijo. Después de casi 5 años escribiendo posts cada semana, parece mentira que no haya tenido más protagonismo en mis letras. Porque en mi caso las cosas ocurrieron exactamente al revés. A medida que íbamos haciendo más fuerte nuestro compromiso, a medida que la idea de familia iba conquistando terreno, mis logros como fotógrafo fueron mejorando. Susana es la primera persona con la que comparto cada pensamiento, cada posible proyecto, y cada posible paso arriesgado. Yo, que soy un entusiasta desenfrenado y consecutivo, que me enamoro de cada lugar que visito y que quiero ser todas las personas interesantes que conozco, encuentro en Susana un contrapeso meticulosmante ponderado. Lo suficiente como para que no me lanze al vacío cada miércoles, pero no tanto como para no saltar sin red cuando realmente hay que hacerlo. 

Así nació la idea de China Western, y luego la de PIGS. Y las ejecuté. Las llevé a cabo con la misma determinación con la que se mantiene una pareja y una familia. No con inercia, sino echándole carbón a la caldera sin parar.

Al nacer Pablo, que también fue fruto de intensas deliberaciones y negociaciones, cruzamos una linea roja, como todos los padres. A partir de ahí, todo pensamiento revisionista es inútil y poco interesante. Después de unos primeros momentos de desconcierto, nos fuimos haciendo a ello y ahora sé con certeza que tengo respuesta para cada posible pregunta, porque todo depende de si encaja con lo que Pablo necesita o no. Esa es la medida de todas las cosas y la respuesta útlima.

¿Y los viajes? Viajo más que nunca, pero ahora quiero volver a casa.

¿Y las raíces? Ya tengo, y me mantienen de pie cuando hay mal tiempo.

¿Y las restricciones, lo de arriesgar la vida, los amores fugaces, la adrenalina y todas esas cosas? Pues como todos, creo: con algo de nostalgia, pero lo llevo muy serenamente.

Sigo viajando ligero, sigo sin facturar, porque ahora estoy mucho más ocupado y no tengo tiempo que perder. Los hoteles los reservo con hoteltonight.com y listo. Es verdad que he engordado un poco y que llevo la ropa planchada, pero si no fuera por que vivo con alguien sería un obeso que usa las camisas tres veces antes de lavarlas. Y no me he apoltronado precisamente. Hago malabares con más piezas que nunca y en varias pistas distintas. Miro atrás y pienso que cuando estaba solo debía pasar muchísimo tiempo mirándome al espejo, porque si no, no se explica lo poco que produje.

Y todo esto gracias a que he tenido la suerte de encontrar a la persona que yo necesitaba. Cada vez que paso unos días en soledad, vislumbro con claridad que de prolongarse demasiado, perdería la concentración que necesito para trabajar. Sí, tengo más silencio alrededor y tiempo disponible, pero mi cabeza se dispersa y me vuelvo como Homer Simpson en cuestión de horas. Menos mal que tengo que rendir cuentas de mi tiempo de trabajo. De otro modo, se convertiría en tiempo perdido sin ninguna duda.

La experiencia de tener un hijo también ha modificado mi manera de ver el mundo. Tal y como sospechaba, estoy viviendo sensaciones emocionales muy intensas. La relación con un hijo despierta zonas del corazón que se habían dormido hacía mucho tiempo. Ya sé, es lo que dicen todos los padres, pero es que es verdad. Será pesado a veces, y todo lo que queráis, pero la estupefacción que provoca ver cómo evoluciona un niño es superior a todo lo que haya vivido antes de manera natural o artificial. Ahora soy más empático con la gente. Tiendo a sentirme más cerca de los seres humanos. Cuando veo a niños sufriendo comprendo a los que roban y matan por ellos y detesto a los que no hacen nada por impedir su sufrimiento. Me he vuelto muy intolerante con los padres que abandonan el hogar, con los que no están ahí. Cuando veo las noticias, ahora veo nítidamente que son siempre los hombres los que hacen la guerra y las mujeres las que mantienen el tejido social de la paz.

También he buscado referentes: prefiero a Coppola en el campo hablando de cine con su hija Sofía que a Nachtwey en el Four Seasons hablando con Christiane Amanpour de los viejos tiempos.

Estoy completamente seguro de que mi familia me ha convertido en mejor persona y por lo tanto en mejor fotógrafo. Para mí la pregunta ahora es otra: ¿sería posible para mí ser fotógrafo si no tuviera familia?

Foto: Annie Leibowitz para Louis Vuitton.

 

 

Enjoy this warm and romatic sunset while I find a little time to write a decent article. I hope it won't take more than one week.

Después de varios años de lluvias estacionales, los bosques estaban rebosantes de frutos, los ciervos eran abundantes y reinaba la tranquilidad en el valle. Cada grupo de familias vivía una vida relativamente plácida, en la que la principal ocupación consistía en procurarse la comida del día y procrear. En ese contexto la familia de Los Pelirrojos desarrollaron sorprendentes habilidades. Aprendieron a moldear el barro y se beneficiaron de las ventajas de disponer de un medio de transporte para el agua. Sus armas se hicieron cada vez más eficaces y los cazadores se volvieron más osados. Ya no se conformaban con los pobres y escurridizos conejos, sino que se enfrentaban a los grandes rumiantes con cada vez más posibilidades de éxito. El frío del invierno dejó de ser un problema, ya que el uso de las grandes pieles para protegerse era algo del todo cotidiano. Y sobre todo, estaba el fuego. Ese misterioso elemento que determinaba la diferencia entre la vida y la muerte. El fuego. Esa cosa inmaterial que calentaba la caverna, favoreciendo la procreación, al mismo tiempo que servía de defensa contra casi cualquier ataque ya fuera de animales como de humanos o neandertales.

Sin que nadie comprendiera por qué, dejo de llover. La comida escaseaba y cada vez eran más frecuentes las escaramuzas de las tribus de los valles de alrededor e incluso de algunas llegadas de lugares remotos, en busca de comida y hembras. Los árboles se seacron y Los Pelirrojos tuvieron que empezar a comer raíces y carroña. Los niños morían antes de tener dientes y los ancianos empezaron a ser demasiado difíciles de mantener en vida. Los dejaban abandonados lejos de la cueva para no oírlos gritar durante las pocas noches que lograban sobrevivir. Cuando ya no quedaba nada que comer decidieron comerse a sus muertos, y cuando ya no se morían lo bastante deprisa, empezaron a matar a los miembros más débiles y prescindibles. Los cazadores decidían quién sería el siguiente que pasaría por el fuego. El Tuerto, el más feroz de ellos, no dudó en descuartizar a los niños y a las mujeres. Luego acabó con el chamán, con sus seguidores, y finalmente con los constructores. La vida se volvió muy violenta y fueron muriendo todos, hasta que quedaron vivos sólo El Tuerto y La Niña. El Tuerto había ido comiéndose a todos, pero no se atevió a comerse a La Niña, porque era la única que desde siempre había sido capaz de crear de la nada aquellas lenguas ardientes con las que cocinaron a todos los demás y que consiguieron mantener a raya a los Hombres Animal que de vez en cuando llegaban dispuestos a exterminarlos a todos.

La Niña era la única que sabía hacer algo más útil aún que cazar. Fue la única con la que El Tuerto no se atrevió. Deshacerse de ella hubiera sido mucho peor que comer piedras. Incluso llegó a ofrecerle la mejor comida y protección, por miedo a que usara sus mágicos poderes en su contra. Toda la fuerza del Tuerto no podría nada si La Niña decidía crear una fuego gigante y convertirle en cenizas. Negoció con ella y se convirtió en su sirviente.

La Niña, la única que sabía hacer fuego, y El Tuerto a su servicio, escaparon y consiguieron volver a procrear en otro valle en el que de nuevo encontraron un buen lugar en el que dormir y buena comida con la que alimentar a sus pequeños.

Siendo La Niña una anciana de 20 años, era reverenciada por todos sus descendientes y aún por otros hombres y mujeres de otros lugares. Cuando ya supo que le quedaba poco para cerrar los ojos y convertirse en tierra, se ocupó de que su hijo favorito aprendiese a crear fuego. Sus últimas palabras fueron: "Mira las estrellas y trata de comprender qué son y qué eres tú, pero también debes aprender a hacer algo que los demás necesiten y nunca te faltará de nada ni a ti ni a tus hijos."

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Desde que decidí dedicarme a la fotografía, siempre he tenido presente esta historia a la hora de repartir mi tiempo entre proyectos personales y encargos. 

Imagen: "En busca del fuego" - Jean Jacques Annaud

 

PRÓLOGO

Este fin de semana he dado un taller en la escuela Lens acerca de cómo hacer un documercial. Un pequeño taller de 2 días en el que cuento los principios básicos de estructura narrativa, teoría de la argumentación y retórica que podemos aplicar para crear una pieza documental, con fin comercial o no, nosotros mismos y con muy pocos medios. Porque los documentales, sean comerciales o no, se diferencian de la ficción precisamente en que no dependen del clásico conflicto "A quiere B pero C se lo impide" para desencadenar una historia. Un documental, sea comercial o no, es una pieza que pretende contar una historia y que esta sea aceptada, basándose sólo en indicios, que no en pruebas irrefutables, ya que estas se limitan a las que proporcionan las matemáticas, la física y pocas otras ciencias puras o aplicadas.

Además de enseñar un método perfectamente tangible con el que es posible abordar el abismo que supone empezar a darle forma a un montón de trocitos de video y a entrevistas generalmente desordenadas y caóticas, le dedico un rato al material fotográfico y a un par de truquitos desarrollados a través de la experiencia, para evitar problemas serios y para maximizar los recursos  con los que contamos.

También le dedicamos un rato a analizar qué tipo de clientes, ya sean corporativos, autónomos o del tercer sector (ONGs) pueden requerir de nuestros servicios. Vemos cómo valorar nuestro trabajo y cómo conseguir sacarle el mayor rendimiento al presupuesto que nos aprueben. También hablamos de cómo hacer que nos aprueben presupuestos.

Es un taller útil. Se enseñan cosas con las que luego puede uno salir a la calle y ganarse la vida.

UN HECHO

Un enorme porcentaje de los posts que leo en Facebook emitidos por fotógrafos se refieren a las inmundas condiciones laborales, salariales y humanas en las que los fotógrafos viven a día de hoy. 

También veo mucha información circulando acerca de becas a las que para acceder hay que dedicarle horas y horas para jugar a una especie de lotería, como si una beca nos fuera a solucionar la vida.

OTRO HECHO

A este taller que he descrito y que tiene un fin estrictamente utilitario y enfocado a la explotación de nuestras habilidades de cuentahistorias, se han apuntado 7 personas.

CONCLUSIÓN

Teniendo en cuenta lo anteriormente descrito, expreso mi sorpesa ante el poco entusiasmo que suscita la fotografía como medio de vida, si se compara con el mucho entusiasmo que produce su uso como medio de medio de autoconocimiento.

Me debo estar perdiendo algo, porque no estoy seguro de comprenderlo.

A los que vinisteis, ánimo y gracias. Fue muy enriquecedor.

 

COMENTARIO

Que nadie se precipite: no me quejo de que se me han apuntado pocos y por lo tanto yo voy a ganar poco. La enseñanza no es una actividad con la que forrarse. La enseñanza es una actividad a la que a partir de una cierta edad, uno debe dedicarse en alguna medida, casi como cumpliendo un deber que la evolución humana exige. Por no hablar de la valiosísima información de todo tipo que uno recibe de cada uno de sus alumnos.

 

Ahora que le estoy dedicando tanto tiempo a la imagen en movimiento, siento una especie de nostalgia por la imagen estática. Y no sólo par la imagen estática, sino por la imagen única. Está claro que la imagen única, la foto icónica es producto de una época en la que había pocas publicaciones y por lo tanto eran pocas las fotos que circulaban. Las dificultades materiales, comparado con lo que es hoy en día, eran inverosímiles para los más jóvenes. Era esa época en la que la portada de Life era importante porque era la única revista que tenía un laboratorio de revelado montado en un avión que volaba desde el frente en Francia hasta Estados Unidos, y que por lo tanto llegaba a tener la imagen que se convertiría rápidamente en un icono. La época de las imágenes icónicas en realidad no era buena. Las imágenes eran icónicas porque eran el producto de enormes oligopolios de la información que dirigían al espectador con la misma potencia que lo hizo luego la televisión. Ser editor en esa época era una responsabilidad de primer orden. Hoy, sorprendentemente, son muchos los medios que ni siquera tienen editor gráfico. El escenario ha cambiado tanto que aún no ha dejado de cambiar. Hoy se hacen literalmente millones de fotos por segundo. Por mucho que las grandes agencias de noticias se esfuerzan a navajazos por conseguir las portadas de los grandes medios, en realidad están arando en el mar. Hoy la portada de un gran medio trasciende lo mismo que un post ingenioso en Facebook. La estela dura horas. A lo sumo, días.

Nuestra memoria visual es fotográfica, no funciona como el cine. Sólo recordamos fotogramas. No somos capaces de recordar secuencias enteras. Entre otras cosas porque nuestros ojos se mueven tanto, que aunque estemos viendo un acontecimiento, en realidad no estamos dejando la mirada fija en él. Estamos grabando detalles de contexto, cosas que ocurren a los alrededores. Así es: recordamos fotos, no películas. 

Además la fotografía estática sigue ejerciendo una tremenda fascinación inconsciente, porque consigue algo que no es humano, que es parar el tiempo. Es fascinante como el fuego, una fascinación primitiva, ligada quizás a la idea de inmortalidad. Quizás, como somos seres simbólicos, sea más fácil convertir una foto en un símbolo que una película. Quizás una buena foto es como una palabra grande. Como "amor"o "muerte", mientras que una película es como sus definiciones del diccionario. Dicen lo mismo, pero no con el mismo impacto.

Cuando yo era niño, ni siquera reparaba en que existían los reportajes. Sólo veía fotos sueltas. Nunca narraciones fotográficas. Para mí, durante mucho tiempo el concepto mismo de fotografía estaba relacionado con la imagen única, no con el reportaje. Creo que incluso en los premios de fotografía hoy en día están más valoradas las categorías de reportaje que las "singles". No sé si eso es bueno o malo, ni tampoco sé si responde a la idea tan extendida de que "cualqueira puede hacer una buena foto" y por lo tanto vale más el que demuestra constancia en la calidad. Es tan abrumador el número de fotos que se hacen cada segundo y su calidad media, que el mero intento de buscar cuál es la mejor es simplemente inútil.

Sí, hoy es muchísimo más difícil hacer una imagen icónica. No es posible competir con millones de fotos por segundo. Por seguir utilizando el símil de las palabras, sería como pretender ganar un premio Nobel por saber decir la palabra "vida". Otra cosa muy distinta es escribir un buen libro sobre la vida. Aunque siempre está la posibilidad de decir la palabra adecuada en el momento adecuado. Si el nuevo Papa al asomarse al balcón de San Pedro eligiera decir "idiotas!" como primera palabra de su discurso, podríamos decir que se habría adueñado de la palabra para siempre.

De los premios de fotografía periodística últimamente sólo se oye hablar por culpa de los debates bizantinos acerca de la postproducción. Al margen del disgusto que me produce hablar de aspectos técnicos frente a la imagen de dos niños muertos, encuentro paradójico que la imagen que mejor representa aquello de que "si la foto nos es lo bastante buena es que no estás lo bastante cerca" sea casi con total seguridad un montaje. No ya de Photoshop, sino directamente teatral. Y sin embargo, es la que está en nuestra memoria y es la que ha definido al fotoperiodismo más puro durante décadas. Así de caprichoso es el camino de un icono. 

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In 2008 I started to write a weekly post about people and issues related to photography, with a wide range of subjects.

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